Una interpretación de la fachada de la Catedral de Pamplona

En el contexto del proyecto de la “Sala de Fábrica de la fachada de la Catedral de Pamplona” realizado por Stoa para la Fundación Caja Madrid, escribí estos textos que debían introducir a los visitantes en los diferentes ámbitos de la exposición pero que finalmente no fueron publicados.

ÁMBITO 1: LA DECISIÓN DE CONSTRUIR UNA NUEVA FACHADA

Mirando por el mayor ornato, lucimiento y majestad de la iglesia

 El 21 de febrero del año 1782 el cabildo de la catedral de Pamplona acordó por unanimidad demoler la vetusta fachada y levantar otra nueva que correspondiese a la magnificencia y hermosura del resto del edificio. Pocos días antes, el arcediano Juan Miguel de Echenique, mirando por el mayor ornato, lucimiento y majestad de la iglesia, había puesto a disposición del cabildo 18.000 reales de plata y había hecho promesa de poner algunos más. Su intención era acabar con las discusiones y poner en marcha definitivamente la construcción de una nueva fachada que culminara la fábrica gótica.

Poco después empezaron a llegar las propuestas. Algunas por encargo del cabildo, otras por iniciativa de los propios maestros arquitectos. Se sabe que fueron ocho las propuestas presentadas pero sólo se conservan las seis que se exponen en esta sala. Las dos que se han perdido eran obra del arquitecto vizcaíno Santos Ángel de Ochandátegui.

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ÁMBITO 2: LA ACADEMIA Y VENTURA RODRÍGUEZ

Estando a tiempo de reformar cualquier defecto que se reconozca en esos planes

 El 20 de julio de 1782 el cabildo,  estando a tiempo de reformar cualquier defecto que se reconozca en esos planes, envió los diseños que había recabado a la Real Academia de Bellas Artes de Madrid para que los expertos de la Corte eligieran cuál de ellos debía ser ejecutado. En una circular del año 1777 la Casa Real había ordenado a los prelados del Reino que solicitaran la opinión de los académicos para las grandes obras arquitectónicas.

Proyecto de Ventura Rodríguez para la fachada de la catedral de Pamplona

El 11 de agosto de 1782, la Junta de la Real Academia rechazó por unanimidad los cinco proyectos que finalmente les habían remitido. Alegaron que en todos ellos habían encontrado en mayor o menor medida considerables defectos, sin precisar su naturaleza. Para evitar demoras, aconsejaron al cabildo contratar un nuevo proyecto al director de la Real Academia, el prestigioso arquitecto Don Ventura Rodríguez.

El 5 de febrero de 1783 ya tenía listo el diseño que resultó muy del agrado del cabildo. Los deanes de la catedral estaban acostumbrados a una calidad de dibujo muy inferior al de la minuciosa y bella traza del académico Ventura Rodríguez. El proyecto les deslumbró y se sintieron obligados a construir una fachada que desbordaba sus perspectivas y que estaba muy alejada del gusto barroco que dominaba la Pamplona de entonces.

A sus 65 años, Ventura Rodríguez no se sintió con fuerzas para dirigir la obra pero,  consciente de su complejidad, recomendó a un arquitecto capaz de acometerla. Su nombre era Santos Ángel de Ochandátegui.

 ÁMBITO 3: OCHANDÁTEGUI EL CONSTRUCTOR

Por ser de la inteligencia e idoneidad que se requiere

Ventura Rodríguez acompañó su diseño de un “papel” en el que hacía una serie de recomendaciones relativas a la cantería, la escultura y los capiteles para el mayor acierto en la ejecución de la obra de la que aseguraba cuidará bien el constructor don Santos Ángel de Ochandátegui por ser de la inteligencia e idoneidad que se requiere para un asunto delicado como es éste.

Ochandátegui había nacido en Durango en 1749. Desde 1780 vivía en Pamplona, donde gozaba del respeto de la Academia, había sido nombrado Director de Caminos del Reino y  ejercía de facto el cargo de arquitecto municipal para el Ayuntamiento. Debido a la ausencia total de arquitectos académicos en Navarra,  Ochandátegui acumuló también las principales empresas constructivas del antiguo Reino lo que le acarreó la enemistad de los maestros de obras navarros que se sentían menospreciados por el foráneo. Ochandátegui contribuyó a aumentar esa enemistad con dictámenes en los que censuraba a los maestros locales por su “arquitectura desarreglada y licenciosa” y por “faltar a los preceptos más principales del Arte”. Los artistas navarros no dudaron en castigarle por ello en cuanto les fue posible. Mediante memoriales e impresos pusieron en duda su capacidad y le convirtieron en el blanco de críticas airadas, insultos y burlas cínicas, llegando a poner en peligro su continuidad al frente del proyecto de la catedral.

Las obras de la fachada se alargaron por espacio de 18 años, desde mayo de 1783 hasta enero de 1801. Ochandátegui tenía 34 años cuando fue nombrado director y murió dos años después de terminar la fachada. Pese a declarar que sus honorarios como director no deberían bajar de los 1.500 pesos anuales, dijo que se contentaría con 800, y por ese precio se le contrató. A petición de la Junta de obras nombrada por el cabildo, Ochandátegui expuso en este memorándum cómo concebía el oficio de director de las obras.

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ÁMBITO 4: OPINIONES ENFRENTADAS

¡Qué horrible máscara es esta fachada!

En 1843, cuarenta años después del fin de las obras, Víctor Hugo visitó Pamplona y quedó horrorizado con la fachada de su catedral hasta el punto de exclamar en un escrito ¡Qué horrible máscara es esta fachada! No cabría esperar otra cosa de un romántico puro, apasionado por la arquitectura medieval.

La fachada proyectada por Ventura Rodríguez y construida por Ochandátegui ha provocado sentimientos opuestos. Ha sido ensalzada por los arquitectos académicos, criticada por los defensores de posturas estéticas contrarias a la Academia y rechazada generalmente desde la óptica popular que considera el neoclasicismo un estilo frío y distante.

Lo cierto es que sobre la fachada neoclásica de Pamplona se ha escrito y opinado mucho, en parte porque desde el principio fue una apuesta arriesgada y en parte porque plantea el eterno debate sobre la mezcla de estilos arquitectónicos en un mismo edificio.

ÁMBITO 5: UN MONUMENTAL INSTRUMENTO MUSICAL

Seis ventajas se dicen de la campana

En 1792 Ochandátegui trató con el maestro campanero José Mancourt, vecino de Pamplona, sobre el modo como se podrían colocar las campanas en las dos torres. Este artífice se comprometió a construir una nueva campana con cobre de la fábrica de Aralar y estaño de Inglaterra mezclándolo de manera más proporcionada para que la campana saliese sonora, limpia y sólida.

El 12 de marzo de 1793, antes de que fueran colocadas en sus sitios con el auxilio de maromas, las campanas fueron bendecidas solemnemente por el prior: exorcizadas con agua bendita, purificadas por el incienso, ungidas con óleo sagrado y, finalmente, bautizadas con un nombre y vestidas con ropa blanca. Este rito indica el carácter sagrado de las campanas catedralicias, cuya función va más allá del aspecto utilitario de llamar a los fieles. Así nos lo recuerda la inscripción de la campana de nuestra Señora, fundida en 1802 por el artífice de Trasmiera Bernardo de Mendoza: Seis ventajas se dicen de la campana: Alabo al Dios verdadero, llamo al pueblo, congrego al clero, ahuyento a Satán, lloro a los difuntos, honro la fiesta.

Pero para cumplir su función las campanas precisan de campanarios y campaneros. De los primeros porque son la caja de resonancia que junto con las campanas acaban por ser un monumental instrumento musical. Y de los segundos, porque además de tañer las campanas, son los guardianes de la memoria de un lenguaje profano y sagrado que antes de la industrialización marcó el ritmo de la vida en la cristiandad.

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