Patrimonio, instituciones y compromiso social en tiempos de crisis

Manel Miró

Ayer por la mañana le agradecía a Vàngelis Villar en un tweet que hubiera vuelto a abrir el viejo debate del compromiso social de los museos, pues parece que era un tema que había dejado de preocupar a los profesionales del sector durante esta docena de años que llevamos de siglo XXI, más centrados quizá en la problemática de la gestión de los equipamientos y su supervivencia.

Como muy bien dice Vàngelis Villar en su post “Instituciones y compromiso social”, ya desde los años 60 del siglo pasado existen reflexiones sobre el compromiso social de las instituciones de patrimonio. Especialmente fructíferos fueron los años 70 con las aportaciones surgidas de la Nueva Museología, sobre todo en Francia, donde triunfó el concepto Ecomuseo.

El museólogo francés Hugues de Varine, inventor del concepto “ecomuseo”

A pesar de que los ecomuseos hayan acabado derivando hacia la idea de parques culturales o de museos al aire libre, en realidad el concepto original era (fue) realmente revolucionario, no sólo porque frente a la visión anticuarista de los museos tradicionales los ecomuseos englobaban todo el patrimonio del territorio (cultural y natural) dentro de un discurso integrador, sino sobre todo porque propugnaban la autogestión del patrimonio por parte de la comunidad a la que pertenecía.

Una cuestión principal para la Nueva Museología era proponer un cambio en la “ideología” que inspiraba la creación de museos. Frente a los museos nacidos para celebrar las glorias patrióticas de una nación y su preeminencia sobre otros pueblos, la Nueva Museología defendía un rol más activo de los museos como elementos formadores de la mirada crítica de la sociedad y proponía un rol más activo de la sociedad dentro de los museos.

El Museo Británico fue un paradigma de museo nacional en el siglo XIX.

Es evidente que la Nueva Museología estaba ligada ideológicamente a la izquierda europea pero muchos de sus postulados tenían más que ver con un cambio en la mentalidad de la sociedad y con un cambio en la percepción de la sociedad hacia el patrimonio que con una cuestión política. De hecho, la transversalidad política de los postulados de la Nueva Museología quedó reflejada en la Convención sobre la protección del patrimonio mundial, cultural y natural firmada en París el 21 de noviembre de 1972

Lo que puso en evidencia la Nueva Museología es que los museos y el patrimonio tenían una gran potencialidad como medios de comunicación (de hecho, la URSS de Stalin y la Alemania de Hitler ya habían usado los museos como medios adoctrinadores). Esta nueva dimensión hizo que se superara el rol propagandístico nacional/imperialista típico del siglo XIX y que los museos comenzaran a generar nuevos servicios orientados a la atención al público como talleres didácticos, ciclos de conferencias, exposiciones temporales, visitas guiadas, servicios de difusión, etc. Aunque la Nueva Museología había nacido en el seno de la izquierda, este nuevo rol fue aceptado tanto por la derecha como por la izquierda europea.

Con el bienestar social creció el consumo cultural que, combinado con el crecimiento del turismo, dio pie al nacimiento del turismo cultural, una actividad económica que permitió a determinados países desarrollar una verdadera industria del patrimonio reflejada en una alta especialización profesional y en un alto nivel de empleo dentro del sector.

A medida que el Estado del Bienestar se consolidaba en Europa y se extendía a nuevos países como España, Portugal o Grecia, los museos y el patrimonio disfrutaron también de la bonanza económica y el apoyo de la administración pública se multiplicó. El precio, sin embargo, que se pagó a cambio del apoyo de la administración pública fue la pérdida de la independencia. La utopía de la autogestión defendida por la Nueva Museología se fue diluyendo a medida que se fue imponiendo la lógica democrática. Si el gobierno (central, federal, autonómico, comarcal, local…) es el que financia, es el gobierno el que decide de lo que se habla en un museo y de cómo se habla. Al tratarse de gobiernos democráticos tienen toda la legitimidad para hacer lo que hacen, para generar su propio “relato”. En este sentido estoy totalmente de acuerdo con lo que dice Eva Joven en su post “El rol social actual de los Museos en debate” y con la idea que ella defiende de que compromiso social no es lo mismo que compromiso político.

Pero también por este mismo motivo son oportunas las preguntas de Vàngelis Villar “¿Cuál es el precio de la necesidad de llegar a una determinada cuota de visitantes? ¿La pérdida de rigor es aceptable para llegar a sobrepasar un límite en forma de número? “.

Mi respuesta es que no, que la pérdida de rigor nunca es aceptable pero también pienso que no necesariamente tiene que haber una relación entre el número de visitantes y el rigor. Por el contrario, la falta de rigor también se puede manifestar en la falta de visitantes porque hablando de museos no podemos hablar sólo de rigor de los contenidos. El rigor no lo podemos dejar sólo en la esfera del rigor científico o académico, debemos reivindicar también el rigor de comunicación y el rigor de la interpretación. En este sentido, la aportación que ha hecho al debate Antonio Rojas en su blog “El Rincón Patrimonialitzador” es muy oportuna y lúcida como dice Eva Jove. Escribe Antonio Rojas en su post “Evaluación de la gestión y funcionamiento de los museos” “es evidente que actualmente el número de visitantes es un indicador insuficiente para evaluar la calidad y gestión de los museos”. Esto nos podría hacer pensar que Antonio Rojas se posiciona dentro de la tendencia (no sé si mayoritaria o no, haría falta una estadística) de profesionales del patrimonio de nuestro país que tienden a “demonizar” o a menospreciar la cuestión de los públicos y de la dimensión social del patrimonio dentro de las instituciones patrimoniales, porque creen que el patrimonio no necesita de ningún sentido más que no sea el de su conservación.

Pero lejos de pertenecer a esta tendencia conservadora, Antonio Rojas defiende que las instituciones patrimoniales dejen de ser estas “torres de marfil” que están fuera del control de la sociedad y las emplaza a que asuman su responsabilidad porque “la rendición de cuentas debe ser una obligación de los museos, así como de otros centros patrimoniales, que no puede reducirse sólo a datos de visitantes. Será de gran utilidad informar sobre cómo se han empleado los recursos, y cuáles han sido los resultados de su uso. Los indicadores de rendimiento son un utensilio válido para tal fin. Es en definitiva lo que en el sector del marketing se aplica de forma habitual, el Retorno de Inversión”.

Como diría Hamlet (perdonad el recurso fácil) esta es la cuestión, la profesionalidad de la gestión de las instituciones museísticas. En nuestro país tenemos muy buenos profesionales de la gestión del patrimonio, pero no podemos decir lo mismo de nuestra tradición de políticas de patrimonio. Demasiado a menudo se ha traspasado la “fina línea roja” que separa el “legítimamente democrático” del “reprobablemente partidista”, especialmente en el gran número de casos de creaciones de museos o instituciones patrimoniales que responden sólo a una ambición política personal.

Pienso que igual que sucedió con la Nueva Museología, el debate que hemos puesto en marcha estos últimos días obedece también más al hecho de que estamos ante un cambio del modelo de sociedad que no ante una disputa ideológica. De hecho, hoy no sería capaz de diferenciar una política de patrimonio de izquierdas de una de derechas, mejor dicho, no sería capaz de diferenciar si una institución patrimonial la gobierna un partido de izquierdas o un partido de derechas. Y es ante esta falta de compromiso ideológico que Vàngelis Villar interroga a quien quiera escuchar si es posible dotar a las funciones básicas de la gestión del patrimonio de una cierta vocación de compromiso social. Porque él echa de menos esta dimensión social, una dimensión social que Eva Jove defiende frente a la dimensión política, una dimensión social que Antonio Rojas exige a la hora de hacer la evaluación de una institución patrimonial, una dimensión social que nació con la Nueva Museología y que el siglo XXI se ha llevado por delante.

Actualmente, el compromiso social que yo exijo a las instituciones patrimoniales es su contribución a la lucha contra el paro, por eso suscribo al cien por cien las palabras de Eva Jove cuando dice que “lo que está claro es que un museo debe seguir una “política” de gestión, es decir, una hoja de ruta transparente y a largo plazo y no una ideología política concreta, que cambia según el viento que sople”.

Para terminar, un miedo y una esperanza. El miedo me lo causa el mal que sufre la democracia occidental en su conjunto: que el relato “partidista” ha vencido al relato “democrático”. Supongo que todos somos responsables, que no hemos sabido aprovechar la construcción del Estado del Bienestar para construir de verdad un mundo mejor, sino que nos hemos dedicada a construir en Europa una Torre de Marfil de la cual se ha excluido a la mayoría de la Humanidad. Y esta Torre de Marfil ahora se está deshaciendo como un azucarillo mientras dentro de Europa se está construyendo ya no una torre de marfil sino un castillo acorazado donde se encerrarán los privilegiados que logren escapar de la Segunda Gran Depresión.

La esperanza me la da leer los escritos de Eva Jove, Vàngelis Villar y Antonio Rojas y ver que en nuestro país hay una generación de jóvenes profesionales muy bien preparados y con la sensibilidad necesaria para darle la vuelta al calcetín de la gestión del patrimonio.

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